martes, mayo 21, 2013

Sensacional de maestros. Tercera parte.


La viejita de metodología de la investigación. Vocacional.
Nunca se me pegó su nombre. Nunca interactué con ella. Nunca tomé una clase completa con ella. Tenía como noventa años, una peluca pelirroja horrenda y siempre creí que era ciega y sorda. Vivía por mi casa. Se la pasaba hablando sentada en su escritorio y nunca se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Más de la mitad del salón se salía y regresaba antes de la hora para pasar lista. Mientras todos se iban a ligar o a jugar fútbol, yo me iba a hojear todas las revistas del Sanborns de la Fragua. Un día se dio cuenta de nuestro vulgar engaño y empezó a gritar y a agitar su mano derecha como si tuviera un ataque de parkinson. Hablaba tan bajito que ni siquiera supe lo que dijo al encabronarse.

Hace un par de meses, me la encontré en la fila del cajero del banco. Estaba adelante de mi y me pidió ayuda para sacar dinero. No tenía ni su tarjeta de débito, ni su clave, ni su identificación (y muy posiblemente tampoco ella recordaba su nombre). Le pedí ayuda a un ejecutivo y le dije que había sido mi maestra. Obviamente mi exmaestra no me recordó hasta que le dije mi apellido. Los lectores asiduos siempre me ubican por Eusebio Ruvalcaba, quien es mi tío.

La maestra viejita me dijo que seguía dando clases y que era abogada. Me preguntó qué había estudiado y en dónde, y se dio por satisfecha, como si ella hubiera influido determinantemente en mi formación académica. Se sigue viendo como de noventa años, o sea, que ya ha de tener como 105.


“La Halloween”. Tercero de secundaria.
Combine usted a cualquier lideresa de los comerciantes de frutas y legumbres con alguna mujer con exceso de vello corporal más una loca que se sabe de memoria todo el contenido de toda la colección del Sepan Cuántos de Porrúa y esa era la “Halloween”. Después de disfrutar de los tacones y las faldas pegadas de Petunia (ver primera parte), los desalmados directivos de la secundaria nos impusieron en literatura a “La Halloween”.

De la “Halloween” recuerdo sólo tres cosas pero las tres absolutamente brutales: 1) Un día, actuando algún díálogo griego, para enfatizar la tragedia, se tiró al piso y se arrastró por varios minutos en el; yo que me sentaba hasta atrás, me tuve que levantar de mi lugar para verla. Si en esa época hubieran existido los celulares, juren que habría video en Youtube de tal grotesco acontecimiento. 2) Otro día, en el concurrido y caótico pasillo citado en el capítulo anterior, un idiota que medía como dos metros que se parecía y actuaba como Frankenstein y que yo juro que no poseía masa encefálica, le mordió la oreja a la Halloween y le arrancó un cachito de la misma. Al más puro estilo de Mike Tyson, y, 3) Fui a ver con mi tía “Como agua para Chocolate” al Centro Cultural Nueva Época en la Condesa, y justo cuando terminó la película, una voz espectral proveniente del asiento de atrás, me susurró al oído: “Hola Ruvalcaba, ¿te acuerdas de mi?”.

Era la “Halloween”. Un frío helado se apoderó de mi cuerpo. Huelga decir que desde entonces no me paro ni de chiste en la Condesa.

lunes, mayo 20, 2013

Sensacional de maestros. Segunda parte.


Carlos X. Universidad.

Por azares del destino, desde antes de entrar a la universidad me convertí en maestro. Yo siempre era un auténtico barco (hasta apenas hace dos años) y sólo había reprobado a dos personas en mi vida: A una señora que le tenía miedo a las computadoras y se ponía a llorar a la mitad del curso avanzado de programación en el que imprudentemente se inscribió y a Carlos X.

Carlos X era una infumable especie de mezcla entre nerd, niño gordito bien de alrededor de treinta años y Aleks Syntek. Insoportable. Llegaba siempre tarde, con su chalequito gris, sonriendo, interrumpiendo la clase al saludar a todos, con un café en una mano y en la otra un portafolios guinda de esos nefastos que tenían combinación numérica para abrirse. Hacía preguntas estúpidas, nunca me hacía caso e interrumpía a sus compañeros con dudas. Se la pasaba metido al ICQ y al Netscape durante mi clase. Tengo que confesar que me hizo perder los estribos y me pasé de intolerante con el. Le apliqué un examen final y lo reprobé. De la dirección me dijeron que había un poco de molestia pues Carlos X era trabajador de ahí, donde yo daba clases y estudiaba al mismo tiempo. Argumenté mi decisión. Me la respetaron. Parecía el fin de la historia.

Mi desinterés por la primera carrera que estudié era tal, que prácticamente no me aparecía a clases. Había ideado varias estrategias para hacerme cuate de los maestros y sólo presentarme el día que me tocaba exponer, entregar un sistema o presentarme hasta el examen final. Así que casi no me pare por la escuela en sexto, séptimo y octavo semestres. Prefería irme a navegar por Internet, ir a ligar exalumnas o simplemente apoltronarme en el sillón junto a mi madre para ver la telenovela de bomberos de Ernesto Laguardia y Ana de la Reguera.

Había una materia que sólo de oír el nombre me daba una hueva tremenda tomar: Sistemas de auditoria y seguridad informática. Después de un mes de iniciado el curso, ni siquiera sabía quien era el maestro, así que tuve que dignarme a presentarme y a iniciar alguna estrategia para no volver a regresar. Me asomé por la ventanilla del salón y los huevos se me subieron a la garganta. El maestro de Sistemas de auditoria y seguridad informática era el mismísimo Carlos X.

viernes, mayo 17, 2013

Sensacional de maestros. Primera parte.


Anteyer, al leer varias publicaciones concernientes a maestros, recordé algunos que he tenido a lo largo de mi kilométrica estancia por las aulas de clase. A lo largo de estos días, y en ocho entregas, estaré publicando historias de mis maestros más "entrañables".

Miss Lucero. Sexto de primaria.
Me imagino que nos llevaba menos de diez años. Guapa, joven, cuerpazo. Y lo mejor: Saludaba a los niños de beso. En realidad nunca fue mi maestra, pero la inmensa mayoría de escuincles nos arremolinábamos en el recreo y hacíamos fila para experimentar el sentimiento de besar y ser besado en el cachete por una mujer que no fuera de nuestra familia. Tenía un perfume exquisito. Si te la encontrabas en el pasillo también te saludaba de beso. Supongo que hoy en día eso calificaría como acoso escolar y la pobre, hermosa y estúpidamente sensual de la Miss Lucero estaría en Santa Martha Acatitla.

Petunia. Primero y segundo de secundaria.
Tenía el trasero más grande y hermoso de los noventas. O al menos, así lo recuerdo, pues de infantes y pubertos tendemos a magnificar cosas y así quedan en nuestra memoria. Usaba unas faldas pegadisisisísimas, que la hacían ver hipernalgona. Su par de piernas eran aún más sustanciosas que las de cualquier rumbera de la edad de oro del cine nacional. Usaba siempre tacones altos y sus faldas eran largas, untadas, pero abiertas de atrás, por lo cual, cuando escribía en el pizarrón causaba bajos instintos entre sus pubertos y virginales alumnos. Era auténticamente lo que conocemos ahora como una gordibuena. Daba la clase de literatura y leía en voz alta a Juan Ruíz de Alarcón (supongo), lo cual la hacía mucho más sexy y apetecible.

Recuerdo que un día me la encontré en el camión que iba en contrasentido en avenida Cuauhtémoc y me contó que se iba a casar. Me dijo el clásico, trágico, rompe madres, rompe corazones y telenovelesco: “El próximo año me tendrán que llamar Rosalía B. de (apellido de su esposo)”. Me puse sumamente triste. Otro día me acerqué a entregarle mi examen y se le ¡desabrochó el cinturón!, se puso roja, después nos reímos y atiné a decirle una de mis genialidades: “Son mis poderes mentales”. Le dio más risa y me dio un golpecito en el brazo. Fui muy feliz. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

Lamentablemente, era una práctica común que los animales bestiales que eran mis compañeros se la tortearan en los descansos mientras había altas conglomeraciones en los minúsculos pasillos que conectaban los salones de clase. Y digo lamentablemente, porque yo nunca me atreví y en cambio ellos lo hicieron varias veces. Un día, yo venía como zombie detrás de Petunia, y Jorge Gortarez salió del baño, se la torteó fugazmente y desapareció como un auténtico fantasma, todo en el espacio de un microsegundo. Cuando “la Petus” volteó, solo estaba yo ahí, viéndole fijamente el trasero ultrajado y me dijo algo que, siglos después, sigue retumbando en mi cabeza: “Ruvalcaba, de todos lo creí, menos de ti”.

Huelga decir que sigo googleando a Petunia, y sólo encontré su cédula profesional, un libro que hizo y su comentario en un foro de cocina pastelera diciendo que no le había salido bien un pastel de chocolate (que seguramente preparó para el suertudote de su esposo).

martes, enero 22, 2013

No se apendejen

Siempre me ha intrigado la doble moral del mexicano. Y uno de los lugares donde es más visible ésta suele ser un puesto de periódicos: En la portada de cualquier periódico de medio pelo se pueden ver decapitados, muertos por accidente, fotos de violadores y de políticos, pero se censura sin más, un par de tetas con una cintillo negro que sentencia: “Sólo para adultos”. ¿Sólo para adultos? ¡Si la pornografía es más consumida por los escuincles barrosos de secundaria que por los Godinez que comen apresuradamente tacos a las dos de la tarde!

Pero lo que ahora me ocupa es la autocensura. Conozco muchísimas personas que en la “vida real” son “peladísimas” pero en Facebook serían incapaces de escribir una “grosería”. Hijos de su ch&&%/(%%/(&, suelen escribir. ¿Por qué la autocensura? ¿Creen que cambiará su honorabilidad o lo que pienso de ellos por un “chingada madre”?

Más que una combinación de letras a mi me ofende más leer la ignorancia manifiesta, las faltas de ortografía, el apoyo fanático a algún político (del partido que sea), las cadenitas falsas ó las imágenes con perros o gatos muriéndose de hambre o con huellas de maltrato.

Finalmente a cada quien le ofende lo que quiere o lo que su entendimiento le permita. Pero sólo me gustaría aclarar: No hay palabra buena o mala. Hay palabras existentes o inexistentes, punto. Y las cerca de OCHENTA MIL palabras que existen en el diccionario, son correctas y susceptibles de utilizarse. La ofensa no está en la palabra por sí misma. La ofensa está en quien recibe la palabra, la procesa y la califica como una ofensa hacia su persona.

Existen cientos de palabras que pueden ser más ofensivas que una mentada de madre. Es como cuando yo insulto a los taxistas que me quieren atropellar diciéndoles: “taxista tenías que ser” o a los microbuseros diciéndoles “microbusero eres y microbusero te quedarás”. Eso me ha sido más efectivo que un “pinche puto”. Las palabras ahí están. Es cuestión de encontrar el mejor momento y contexto para encontrar la mejor palabra posible. Si se insiste en la autocensura y en los golpes de pecho gramaticales, por lo menos entonces, habrá que encontrar un sinónimo que exprese cabalmente lo que se intentó decir.

Caca, pipí, chinga tu madre, culero, me lleva la chingada, pendejada, mamada, jodido, chaqueta, nalgas, tetas, culo, cabrón, mamón, pito, coger. Se las regalo. Denle copiar y pegar. No se autocensuren. Ejerzan el derecho a hablar buen español.

lunes, enero 21, 2013

La guerra de los parquimetrazos

Había una vez una ciudad llamada “La Romesa”. Era una ciudad muy codiciada, pues cualquier universitario quería vivir en ella, ya que era hasta cierto punto armónica, pacífica y escenosa. La mayor parte de sus habitantes eran hipsters, wannabe’s, homosexuales, juniors y personas tatuadas sin talento que se creían “artistas”, pero que por mucho acababan trabajando en el área administrativa de una agencia de publicidad. Jamás se documentó un artista de La Romesa que trascendiera a nivel mundial. Era lo que se denomina una comunidad “aspiracional”.

Un buen día, el Chelo Ebranga, habitante distinguido de la Romesa, judío, prosperísimo empresario y en sus tiempos libres durante el sexenio pasado, alcalde de Tenoch City; cansado de tuitear, de sus implantes capilares fallidos, de la inactividad política y de su frondosísima esposa centroamericana, se le ocurrió una genial idea. ¿Y si me apaño los parquímetros?, pensó. Después de todo ya era dueño de todas las grúas, bicicletas, taxis piratas, camiones, triciclos, patines del diablo y carritos de hot dogs de la ciudad.

Los habitantes de la Romesa, entusiasmados e ingenuos, participaron en una consulta amañada e impulsada quiensabeporquien para decir si o no a la instalación de parquímetros en su demarcación. Aunque los habitantes de la Romesa se sentían de otro país, inclusive de otro planeta, en realidad eran más Tenochcas que los propias Tenochcas. Y obviamente compartían los mismos vicios y defectos.

Días antes de la consulta, los grupos contrarios se enfrentaron en la Plaza de los Decíbeles, e inclusive tuvieron que llegar los granaderos a separarlos. Se acusaron de retrógradas unos, y de “pinches yuppies capitalistas de mierda”, los otros. El día de la votación, naturalmente, hubo votantes acarreados de lugares tan distantes como del Cerro de los perros asesinos, de Tenalgueo, Puebla o de la mismísima Roma, Italia. Hubo duplicación de votos, compra de votos, embarazo de urnas, ratón loco, voto de muertos vivientes y demás prácticas comunes en la democracia aztlatense.

Al gobierno de la gran Tenoch (quien contaba con la última palabra de todo lo que pasaba en la Romesa y era encabezado por un gris abogado, chaparro, flaco, con cara de duende pero que las mujeres inexplicablemente encontraban muy sexy) en realidad le valía gorro el resultado de la consulta y lo expresó públicamente días antes.

Lo que no sabían los habitantes de la Romesa es que aquel sería el principio de su división y de la cruenta Guerra civil que los azotaría durante 20 años y los llevaría a su balcanización (guerra conocida en los libros de texto de cuarto y quinto como “la guerra de los parquimetrazos”).

Y tampoco sabían que fueron utilizados como carne de cañón, simplemente para legitimar una decisión tomada. Dejarían de dar sus monedas a la mafia privada de los franeleros viene viene implacables y vengadores, para dar esas mismas monedas a la mafia privada de los dueños de los parquímetros, adulterados, implacables y vengadores.
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