miércoles, marzo 01, 2006

El callejón de Santo Tomás

La pasarela del sexo

El silencio ensordece en el callejón de Santo Tomás. Pero si uno se concentra podrá escuchar un chirriar salido de los tacones de las prostitutas, sonido que se aleja totalmente de lo peculiar que cualquier par de tacones normales produciría. No. Estos tacones suenan cansados, arrastrados. Si. Ellas lucen hartas, fastidiadas. Tienen su cuerpo ahí, pero su mente tal vez en algún lugar de las montañas de Guerrero. El silencio ensordecedor es interrumpido de vez en cuando por algún vocho ecológico, que pasa lentamente por el estrecho callejón. Ello ayuda a sacar de su ensimismamiento a los cerca de cien hombres que se encuentran apostados en el espacio de media cuadra.

El Callejón de Santo Tomás se encuentra en uno de los principales accesos del populoso barrio de la Merced, enclavado en la perpendicular que forman la Avenida Circunvalación y la calle de San Pablo, a tan sólo unos metros del paradero de microbuses de la ruta que va hasta el metro Morelos. Cruzando la avenida se encuentra el imprescindible mercado de la Merced que junto con sus puestos aledaños hacen el lugar donde virtualmente se puede comprar todo lo que sea susceptible de comercialización. El sexo no es la excepción. Por esta razón, es normal que entre los principales clientes que atiende el prostíbulo del callejón, predominen los comerciantes, diableros y locatarios. El callejón por si sólo no tiene nada extraordinario. Es estrecho, y cuenta con algunas casonas viejas; se puede advertir que una de ellas está acondicionada como vecindad. En una de las esquinas existe una placa en donde se puede leer: Primer Callejón de Sto. Tomás 1869-1928, también se distingue un local de tacos con mesas y rockola, una tienda de abarrotes convenientemente llamada “El Mirador”, una tienda de lonas que muestra sus ofertas mediante un gran anuncio en la calle y exactamente al centro, estratégicamente colocado, se encuentra el prostíbulo. Desde la acera no se ve más que una puerta café, que anuncia el clásico “Se ponchan llantas gratis”; enfrente y sobre la misma acera, hay tres grandes tambos de función desconocida (el único uso observado es fungir como mesa para que las prostitutas coloquen la fruta que compran para desayuno afuera de la vecindad contigua). Hay dos botes de basura azules que delimitan la propiedad.

Cien hombres absortos, pasmados, cien hombres impávidos. No hay gesto alguno, tan sólo algunos atinan a moverse para guarecerse de los rayos del sol. En el callejón de Santo Tomás, desde el oficinista mas encorbatado hasta el estudiante mas “pandroso”. Todos caben ahí: Viejos, jóvenes, flacos, gordos, perfumados y perfumados de sudor. Un trabajador de la construcción lleva al escenario las varillas que horas después utilizará. El callejón de Santo Tomás es un derrotero casi obligado. Ya sea por necesidad, ya sea por morbo. El morbo casi siempre se convierte en una necesidad. La mayoría de aquellos cien hombres, solo irán a observar. Tal vez solo quieran tomarse un breve impasse de sus actividades diarias y darse un buen taco de ojo. Fijos como estatuas, apenas si reaccionan cuando en uno de los rondines periódicos alguna de las prostitutas se acerca para promover sus servicios. Es el mercado del sexo, oferentes y demandantes convergiendo en el mercado de la soledad, del conformismo, de la necesidad.

Alrededor de las 11 de la mañana, un trío de hombres barren y riegan el pavimento como lo acostumbra cualquier comerciante mexicano que se precie de serlo. En la puerta se ve al presunto administrador del sitio, un tipo con barba de candado y una barriga impresionante que le llega fácilmente a la región púbica; el gordo señala y emite órdenes claras y precisas en todo momento. Provenientes del lado de San Pablo, jóvenes normales, ataviadas con jeans, tenis, chamarra y una mochila al hombro llegan discretamente al callejón, sacan las llaves de su mochila y abren la puerta café. Quince minutos después salen hechas todo unas femmes fatales: minifaldas pegadas, cuerpos descuidados, tacones altísimos, perfume no muy bueno, tops que dejan ver lonjas y espaldas con barros. Se postran frente a la casa y comienzan su pequeño ritual: Es la pasarela del sexo. Primero, se colocan en la banqueta, viendo de frente al centenar de hombres, quedándose paradas, esperando a que alguien se les acerque para pedir “informes”. En este equipo, me toca observar un grupo muy sui generis de media docena; Una es realmente muy bonita y joven, otras dos son señoras gordas, otras dos no son guapas pero si tienen los mejores cuerpos del equipo, otra se aleja totalmente de los estándares: pues es rubia, viste jeans, chamarra de cuero blanca, botas blancas como las que están de moda (estilo esquimales de Alaska). Después de cinco minutos de darse a conocer, el grupo de prostitutas emprende una acción coordinada: caminando en equipo, y desplazándose hasta el extremo contrario en la banqueta de enfrente para dar lugar a un nuevo equipo de ellas; algunas lo hacen caminando pomposamente enfrente de los posibles clientes, otras más eligen a una “víctima” en particular y se detienen brevemente para exclamarles un sensual ¡Vamos! o un mecánico y repetitivo ¿vasssss? ó un incoherente ¿no vasssss? acompañado de un guiño de ojos. Las más atrevidas acarician por breves segundos el bulto que hay dentro de un pantalón café. No es recomendable mirarlas a los ojos, su mirada es penetrante, una extraña mezcla de lujuria y odio.

Ellas en la banqueta de “sombra”. Ellos en la de “sol”. Recuerda el preludio de una batalla medieval. Unos cuantos metros los separan, y unos cuantos pesos los pueden unir. Hay cerca de cien historias y tragedias y comedias diferentes, cien seres humanos que en algunos minutos tendrán relaciones sexuales. Pero no hay intercambios de miradas, no hay sonidos, no hay nada. Sólo hay ojos que miran piernas, tacones que miran al piso, ojos que miran al infinito. Infinito que se compra con noventa pesos. Por sólo nueve monedas de a diez pesos ellas abrirán sus piernas y ellos desahogaran entre éstas todas sus ganas, sus insatisfacciones, sus temores, sus vergüenzas, sus broncas. Por sólo noventa pesos ellos están comprando algo que en otro tiempo y en otro espacio no tendría forma de ser valuado. Ellas están acostumbradas. ¿Están acostumbradas? Es un trabajo como cualquier otro. ¿Cualquiera lo puede hacer?, ¿En realidad es un trabajo como cualquier otro?

Algunas no tienen suerte y tienen que dar uno y otro rondín. Otras (las mas delgadas y jóvenes) no tienen ningún problema, inclusive algunos clientes las esperan en la puerta café para abordarlas en el momento mismo en que salen y con ello asegurar el primer lugar de la lista. Una de las prostitutas atendió tres clientes en media hora. Otra, estaba comiendo fruta, llegó un cliente, dejó su fruta sobre el bote, entraron, tardaron doce minutos y ella volvió a salir y prosiguió su desayuno como si nada hubiera pasado, el salió altamente enrojecido del rostro. Cuando hay exceso de mirones y clientela baja, un par de hombres salen del prostíbulo y proporcionan una escoba a cada una de las prostitutas, ellas comienzan a barrer en sentido de los fisgones, levantando polvo que invariablemente ahuyenta, es una manera sutil de decirles algo así como “si no compra, no mallugue”.

-¿Cuánto?-
-Noventa-
-Vamos…-

Es una morena, cabello largo, rizado, usa un mini vestido negro, tan corto que deja ver las leves curvas donde terminan sus nalgas y una incipiente celulitis. Llevaba cerca de veinte minutos dando vueltas. Cuando me acerqué estaba distraída. Sin tener experiencia previa, me nace el clásico ¿Cuánto? y ella responde francamente fastidiada -Noventa-. Asiento y ella se enfila hacia la puerta de metal café. Una vez que estamos adentro de la casa-prostíbulo, en lo que vendría a ser el patio, ella se transforma en elemento de seguridad y me comienza a catear. Lo hace exhaustiva y cuidadosamente, y cuando entra otro cliente me doy cuenta que la revisión no es exclusiva a mi persona, es un procedimiento de seguridad. Ella revisa mis pertenencias, mete las manos a las bolsas de mi pantalón, saca mis llaves, mi celular, se toma su tiempo para imaginar que podría ser mi palm. – ¿Qué es esto? -, pregunta. -Una agenda-, respondo. Ella sigue examinando, es evidente que no me cree. Me gusta su actitud. No tiene prisa, después de todo, yo debo de ser el décimo hombre que atiende en el día. Antes de llegar a la zona prometida hay una antesala, me insta a pasar ahí y a lavarme “muy bien” (en sus palabras). Yo pienso que con lavarme la cara y las manos, basta. La antesala es un cuarto amplio donde hay anaqueles para que cada una coloque sus pertenencias. Ahí están las mochilas, los jeans, las chamarras y los tenis de las chavas normales que entraron por la mañana. También hay unas bancas, en donde se cambian, se sientan a platicar o simplemente a descansar. A un costado del cuarto, hay un pequeño baño, dominado por un enorme tambo con una jicarita flotando. Ahí es donde me debo lavar las manos. La morena que he seleccionado me vigila celosamente, esperándome hasta que termino, le informo que he acabado y me pide que la siga. Hemos llegado al corazón de la casa de prostitución del callejón de Santo Tomás.

Se trata de un amplio pasillo que a ambos costados tiene varias decenas de “cuartos”. Estos en realidad son espacios separados por paredes de piedra. Son como cavernas sin techo. En lugar de puerta existen unas cortinas de lona color azul. Como no es posible saber si los “cuartos” están libres u ocupados, se tiene que aplicar un procedimiento. La morena me pide que la espere un momento, y ella empieza a tocar cada una de las lonas, y la compañera que se encuentre ahí adentro le debe exclamar un breve: ¡NO! Toca todos, ninguno está libre. Regresa conmigo, y no me dice nada. Sabe que me di cuenta que tendremos que esperar. Las paredes de los cuartos aíslan excelentemente los sonidos. Aunque existen en un espacio de diez metros cuadrados cerca de treinta personas cogiendo, no se escucha ni un solo ruido, ni un solo gemido, ni una sola expresión, ya sea de dolor, ya sea de placer. Se produce un silencio incómodo entre la morena y yo. Si afuera se veía cansada, aburrida, harta, adentro se ve peor, en cinco minutos solo me mira una vez a los ojos y esboza una ligera sonrisa. Sus zapatos de tacón transparente de quince centímetros la deben estar matando. Se coloca en cuclillas. Con su inclinación puedo observar que tiene un pequeño tatuaje en forma de sol en el nies (que es el lugar que ni es espalda ni es trasero).

Por fin sale de uno de los cuartos, una de ellas. Es alta y rubia a fuerzas. Me sorprende el grado de inmutabilidad que presenta, saluda a mi elegida, y se adelanta a la sala de espera. Detrás de ella un sujeto demasiado gordo, abochornado, sudoroso y pelón sale. La morena me pide entrar en el “cuarto” desocupado. Entro y me siento en otra lona azul que funge como tapa de una cama que seguramente es de piedra. Me pregunta que va a ser lo que voy a querer, le respondo con otra pregunta: ¿Qué haces?, y me dice: “Sólo sexo y posición tradicional, noventa pesos, la posición adicional te cuesta treinta, desnudo treinta, beso francés treinta, todo treinta, si quieres todo completo te cuesta trescientos pesos”. Pido todo completo. Me dice “ahorita regreso”. Comienzo a ponerme nervioso. Mientras tanto volteo a ver el cuarto, empero no hay mucho que ver. El cuarto de piedra es minúsculo, unos tres metros y medio de largo por dos de ancho. Solo están la cama y el espejo; en el, me puedo ver bastante nervioso y sudoroso. La espera me parece eterna, aunque ella se haya tardado sólo cinco minutos. Cuando regresa no me dirige palabra y se comienza a desnudar, yo hago lo mismo, pero no me quito la camisa. Me pregunta que si primero quiero el “francés”, yo afirmo. Se acerca, prende un cigarro, le da una calada, lo deja a un lado y me pide que me acerque. Lo hago y comienza a ponerme un condón, después otro encima del primero. Me hace la felación. Cuando considera que es suficiente, me quita el par de condones y me pone uno nuevo. De su pequeña bolsa con la figura de una de las chicas superpoderosas saca papel de baño, y un frasquito. Se coloca el lubricante cuidadosamente en la vagina. -¿Cuál vas a querer primero?-, le solicito “misionero”, se coloca en posición, pero no deja que la toque, se apresura a decirme –yo la meto, muñeco-, y así lo hace. En cualquier momento que le intento tocar la vagina, me dice: -No muñeco-, igual sucede si la quiero besar. Ella se abstrae con gran facilidad de lo que esta sucediendo. Voltea a ver el techo, seguramente está pensando en la nada, o en la renta que deberá pagar. No muestra ningún gesto. Me percibe nervioso: -¡Estás temblando muñeco!, comenta. La relación sexual dura poco, no hay margen para más. Me sugiere hacerlo de “perrito”, para que “ya te vengas”. Mientras nos vestimos, nos preguntamos nuestros nombres, me dice que es originaria de Chilpancingo, que tiene un novio y un hijo, que debería yo ir mas seguido al callejón, que no me cree que no tenga novia, que ha llegado a ganar hasta mil quinientos pesos en un día y que vive en Chalco. Salimos del lugar y me pregunta si deseo ir al baño. Voy, me espera y me lleva hacia un vendedor de dulces, chicles y refrescos en el patio del prostíbulo, la morena me pide amablemente que le compre un dulce. Compro dos paletas de caramelo y le doy una, me lo agradece y me acompaña hasta la puerta, despidiéndose de mí con un beso en la mejilla. Ella sale en búsqueda de un nuevo cliente.

Salgo del prostíbulo bastante confundido, abochornado y encandilado. Habiendo recibido tanta información, solo atino a pensar en la paleta de caramelo y en el “canonicemos a las putas” de Jaime Sabines. Si, ellas dan todo a cambio de unas cuantas monedas. Si, son un “manantial de generosidad”, si Jaime, ella no me exigió ser amada, atendida, no me lloriqueó, no me obligó. Tan sólo me besó la mejilla, y qué feliz me hizo con eso.

9 comentarios:

Alex "Si no compra, no mallugue" dijo...

FERNANDO:
________________________________
Leí tu texto con singular suspicacia. Cuando apenas cargaba ese hato de bytes que levemente examinaba y me deslizaba en él, pensaba:
"Ay Fernando...! ¿Porque no pones algunas citas de tu texto? Crearía mas interés a tus largas prosas..."

Y prejuicioso comencé a leer y leer. Cuando mas atento estaba por iniciar la parte de:
-¿Cuánto?-
-Noventa-
-Vamos…-

... fuí abruptamente interrumpido por mi jefe, que me decía:
"mañana vemos lo del proyecto a las 10!"

apenas alcancé a decirle mi fastuoso:

"seee..."

y sin tardarme mas, continué leyendo muy concentrado.

Una vez terminado el trance en el que me sumergió tu texto por empatizar con tus emociones, exclamé en una oficina llena de silencio corporativo y usuarios trabajadores:

"Uhta!!! Estuvo shiiidisima la crónica de este wey...!!! Se la sacó!"

Obviamente me gané un sonoro:

"Shhhhttt...!!!!" de la audiencia.

Dejame decirte con toda la emoción que puede derramar mi corazón, que no solo te deben dar el PREMIO "NACONAL" DE PERIODISMO, sino el PULITZER de LILIPUT, Las Llaves de Ciudad Mastique y EL PREMIO OSO NEGRO de CHALCO por tan genial trabajo, tan sensacional crónica y lo mejor, por tan dulce,dulce, dulce experiencia.

Y para finalizar y para hacer hincapié en la popular frase:

"Si no compra, no mallugue..."

Solo te digo:
"Fernando... yo si te lo compro!"


CON APRECIO y ADMIRACION
A l e x "El Mallugador"

plenilunio dijo...

Aún cuando yá conocía el contenido,de este texto, lo disfruto y lo disfrutaré todas las veces que lo lea. En verdad es algo en que puedo sentir orgullo por trabajos que tú hayas hecho. Éste en particular me gustó muchísimo, y tengo la seguridad de que habrá muchos más, y mejores.

Sra. Martínez dijo...

Oh Fer, como siempre es un placer poder leer lo que escribes, esperaba con ansias poder disfrutar el fruto de tu investigacion, sigo como una ferviente lectora de las obras de tu autoria, y es mas me propongo como candidata para que escribas mi mas reciente aventura en el hospital y mi clase de costura con señoras y telenovelas, espero poder seguir siendo algunas veces protagonista de muchas mas de tus historias.

Anónimo dijo...

Nunca dejas de sorprenderme Fer, me encanto tu crónica, logras transmitir con lujo de detalles, tanto el hambiente como el lugar transportando a tus lectores a acompañarte en cada una de tus letras eres simplemente genial!!!


Princesa Maya

Anónimo dijo...

Compadre:

Una vez más te felicito es un excelente trabajo y la forma en la que detallas el escenario, las personas y todos los detalles relacionados al mismo te permite transportarte al lugar y percibir una parte de tu sentir, aun no se si puedas alcanzar o ganar algun "reconocimiento oficial" más sin embargo considero que el material que escribes debe ser difundido y en especial este.

Tu amigo "Surf Rider"

Alma Jimenez dijo...

Me sorprende la narrativa que estás trabajando. Creo que aún le falta mucho estilo, sin embargo estás dejándote ver, desnudo, sobre las letras. Un desnudo emocional. A veces es necesario alejarse un poquito para hablar de nosotros mismos... algo haces de eso. Sea como sea, es precioso no leer al Fernando sufrido.

Vas bien. Me alegro.

Un abrazo.

letransfusion dijo...

Estaba buscando el nombre del callejón, pues a pesar de las múltiples visitas que realicé tiempo atrás, nunca reparé en su nombre... Santo Tomás, vaya y pensar que en repetidas ocasiones estuve baboseando y en otras por supuesto que adquirí los servicios allí ofrecidos.

He llegado a tu blog con esa búsqueda pues estoy escribiendo una serie de anécdotas-crónicas en el mio con el mismo tema. Ojalá tengas tiempo de darte una vuelta.

La verdad me emocioné hasta las lágrimas con tu relato. Soy lector asiduo de Jaime sabines, he dicho el "Canonicemos a las putas" a grito vivo en los vagones del metro, también otros poemas, pero ese ha sido algo muy especial.

Felicidades maestro, un gustazo enorme haber encontrado tu blog.

Saludos letransfusionados y alucinados. ;)

pepelepunk dijo...

Buen texto.

*Saludos*

rosa lembelembe dijo...

wow que trabajo,realmente no tengo palabras para describir lo maravilloso que escribes y la capacidad que tienes para tocarle el corazón a alguien...es ta increible tu forma de escribir y ralatar todo,que me senti o más bien me imagine en ese callejón,con todas esa chicas y los "señores"...solo me queda felicitarte por este trabajo tan increible...y sigue escribiendo más que para mi será un honor volver a leer un escrito como este!!

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