Por Diego Ruvalcaba*
Dentro y fuera del cine, los italianos, son los terrícolas con
más frescura y naturalidad. “Cuatro estaciones” es tan sólo un botón de muestra
de tal condición; no tiene música ni diálogos, pero tampoco es un documental (aunque le
guiña al documental norteamericano “Sweetgrass”), y como “actores” tiene a
algunos habitantes de dos pequeños y pobres, pero pintorescos pueblos de las
colinas sureñas italianas. Tal parece ser, que en esas tierras, hasta los
perros y las cabras, tienen una personalidad y carisma magnéticos.
Cualquier apasionado por la fotografía (no sólo la
cinematográfica, sino también la “fija”, y hasta la digital), encontrará en “Cuatro
estaciones”, un amplio catálogo de técnicas, tomas, encuadres; virtualmente, en
cada escena, el director Michelangelo (obvio) Frammartino, da una cátedra sobre
las infinitas posibilidades de ver el mundo a través de un cristal.
Pero al mismo tiempo que son inconfundiblemente geniales,
los italianos son universales. “Cuatro estaciones” pudiera haberse filmado en
Michoacán o en Wisconsin. Vivaldi pudo haber nacido en Barquisimeto o en Jaipur.
Y en el pino inmenso que aparece en la película, bien pudieron haberse trepado,
sin problemas, los voladores de Papantla.
Le quattro volte (en español: Cuatro estaciones).
Duración: 1 hora con 28 minutos
Director: Michelangelo Frammartino. Italia, 2010.
Ganadora en los festivales de Cannes, Bratislava y San
Diego.
*A Diego Ruvalcaba tan sólo le gusta el cine.



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